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Los antihéroes del crecimiento

Por Héctor Daniel Massuh para LA NACION

7 de mayo de 1986

Llevamos dos años de democracia. La vigencia de los derechos y garantías constitucionales, la solución del conflicto con Chile, el tratamiento racional de la deuda externa y el haber alejado al país de la hiperinflación, son sus principales logros. Ahora el objetivo nacional es el crecimiento económico, imposible de lograr sin un afianzamiento simultáneo de las instituciones democráticas.

Esto no significa que el desarrollo de la actividad económica dependa exclusivamente de las decisiones políticas. Hay un polo autónomo, de creatividad privada, que depende sólo del esfuerzo de los agentes económicos. En él coexisten, sin embargo, ciertas conductas sociales que vienen de mucho tiempo atrás y que, de alguna manera, explicarían el estancamiento del país en las últimas décadas. La dilucidación de actitudes como el escepticismo, la especulación, el “lobbysmo” y el subsidio perpetuo, permitirá definir mejor los medios con que enfrentarlas.

El escepticismo

Decisiones importantes como las inversiones de capital o la fundación de empresas se toman con timidez, evaluando excesivamente los riesgos,como si se estuviera frente a un eventual desastre. El abuso del análisis de los factores favorables y desfavorables se ha convertido en una instancia paralizante que cambia la dirección de las preocupaciones que preceden a la toma de decisiones. Parecería que el afán de evitar riesgos ha llevado a peritos, técnicos y asesores a estudia no tanto las condiciones de factibilidad de los proyectos como los aspectos que los harían de imposible realización, como si triunfara el siguiente razonamiento: “Nuestro propósito es encarar un proyecto de inversión, pero debemos tratar de que no presente ningún riesgo, por lo tanto la mejor manera de llevarlo a la práctica es … no hacerlo “.

El exceso de precauciones y las largas deliberaciones sólo sirven para no encarar los hechos, prolongar las dudas y, en definitiva, caer en el desaliento y la inacción. De este modo se imprime a la vida económica un tono general de abandono, apatía, desánimo y hasta indiferencia.

Especuladores

El empresario no es un mero perseguidor de lucro. El beneficio no constituye su único objetivo ni el más importante: su oficio es apostar a un mundo mejor creando nuevas riquezas, produciendo mayor cantidad de bienes y servicios de mejor calidad, y hacerlos cada vez más accesibles a la mayor cantidad de gente. Sobre todo, acomete proyectos de largo plazo, que en muchos casos trascienden el término de su propia vida. No rehúsa asumir riesgos, invierte cuando muy pocos lo hacen y se atreve cuando otros sólo temen y renuncian anticipadamente a la lucha.

Esto no significa que el hombre de empresa sea sólo un apostador. Es cierto que, por su propia naturaleza tiene confianza en su aptitud para luchar contra la adversidad y aceptar el reto del destino. Pero también es cierto que hay una cautela implícita en sus decisiones, sabe fijar los límites del riesgo que enfrenta: si fuera totalmente audaz sería sólo un temerario. Además, el empresario es un factor permanente en el medio en que actúa, al que está arraigado por naturaleza de sus inversiones: máquinas, cultivos y edificios forman un todo con la tierra inamovible. Por eso su suerte está ligada para siempre al destino del país.

Los especuladores, por el contrario, sólo persiguen gratificaciones materiales inmediatas y saltan de una coyuntura lucrativa a otra de igual signo. Salen y entran en los negocios con endemoniada rapidez y capitalizan tanto los buenos como los malos momentos, cambiando sólo el sentido de sus apuestas. Su único arraigo es la liquidez.

El futuro no representa un compromiso para los especuladores, sino la oportunidad para hacer nuevas diferencias, ya que los acontecimientos del país no alteran nunca su actitud. Por un lado, se hallan siempre lejos de los conflictos sociales, las huelgas y el asedio fiscal. Por el otro, a la espera de cambios que favorezcan sus apuestas., son portavoces naturales del rumor intencionado de carácter tremendista y desestabilizador.

El lobbying como tecnología

Hay quienes creen que la capacidad de ejercer influencia sobre las decisiones oficiales puede reemplazar a la verdadera actividad empresaria. Esto equivale a considerar al lobbying como una tecnología en sí mismo. Es natural que cualquier actividad requiera fluidas relaciones con los organismos públicos. Para esclarecer temas de alta complejidad y abogar por las legítimas aspiraciones, resulta necesaria la aproximación entre las empresas y los poderes estatales. Esta es la visión positiva del lobbyng.

Pero sería un error creer que esas relaciones constituyen lo esencial de la labor empresaria. Esta consiste, primordialmente, en hacer eficiente la operación de los establecimientos fabriles o explotaciones de todo tipo, optimizando los escasos recursos y promoviendo las innovaciones que aseguren el progreso económico de la comunidad. Esta es su tarea insustituible.

El acercamiento de los poderes públicos, que no constituye otra cosa que el legítimo uso del derecho constitucional de peticionar a las autoridades, es desvirtuado cuando se utiliza como medio para ejercer influencias en las decisiones oficiales. Es lo que hacen quienes transitan los pasillos ministeriales solicitando excepciones y prebendas, tratando de aprovechar disposiciones administrativas equívocas para obtener ganancias que bordean lo ilícito. Muchas de ellas duran pocos días, hasta que las autoridades advierten su error. Error al que con frecuencia las han llevado los mismos beneficiarios: consejeros interesados que con la apariencia de defender intereses legítimos buscan medidas favorables del poder público, al que halagan invariablemente y tratan de seducir hasta donde sea posible.

Esta clase de “hombre de influencias “ considera que “gestionar “ es más importante que trabajar. Con su actividad parasitaria estos hombres contribuyen a enrarecer la atmósfera del mundo de los negocios, convirtiéndolo en una enmarañada red de gestores, amigos, influenciables y agentes de relaciones públicas. Halagan a los funcionarios requiriendo su complicidad. Así consiguen ventajas y privilegios, paralizan expedientes o los apuran para obtener decretos que apuntan a situaciones particularísimas y otorgan ventajas irritantes.

El subsidio perpetuo

Muchos emprendimientos industriales se han hecho en el país a partir de subsidios directos o indirectos. Esta ayuda del Estado ha sido utilizada en los principales países del mundo en determinadas etapas de su desarrollo. En la Argentina, se transformó en un sustituto del inexistente mercado de capitales y créditos de largo plazo.

Es mejor que haya sido así. Es decir, que la promoción del Estado haya existido, pues de lo contrario, muchos proyectos empresariales genuinos no se habrían realizado. Pero es inadmisible que luego de subsidiarse la inversión, o sea, después de la etapa inicial en la el apoyo exterior es imprescindible, se siga subsidiando a la operación industrial que debe depender exclusivamente del esfuerzo y la imaginación de los empresarios.

Este tipo de subsidios perpetuo, que hace de las arcas fiscales el principal socio de las empresas que lo usufructúan, es una flagrante desviación de la función de fomento propia del Estado. Más aún, los subsidios a la inversión deben ser cuidadosamente cuantificados y controlados. Es indispensable que sus beneficiarios cumplan correctamente con los objetivos sociales que son, en última instancia, la justificación moral del privilegio de que gozan.

El futuro

Sin embargo, el espíritu de crecimiento existe. Está en aquellos que contribuyen, sin estridencias, al progreso del país. En el esfuerzo de los trabajadores que no renuncian a la negociación patriótica y al diálogo constructivo; de los intelectuales y artistas que han colocado al país en un alto nivel en el mundo de la cultura; de los maestros sufridos y austeros; de los políticos que sacrificadamente luchan por una sociedad más justa; de los empresarios que no abandonan el espíritu de iniciativa individual; de los científicos que no se alejan del país y se empeñan en su modernización.

El crecimiento económico de nuestro país estará definitivamente asegurado cuando la Argentina de la democracia, la creación y el esfuerzo derrote a la Argentina del escepticismo, la influencia y la especulación.

El futuro debe ser esperanzador. Lo que aún no existe prefigura algo mejor que lo existente. Si la realidad es sombría, una visión afirmativa del futuro, con capacidad para instalarse en él, encarnarlo y vivirlo como si fuera el propio presente, generará entusiasmo y energía creadora. Nuestro país se hizo así : con hombres que generaron sus propias oportunidades, para quienes la adversidad era sólo una incitación más al esfuerzo. Estos fundadores, visionarios infatigables que levantaron ciudades de la nada, constituyen arquetipos humanos que es urgente revalorizar.

Merecemos una Argentina que asuma plenamente la necesidad de vivir un futuro mejor. No nos detengan los prolijos analistas de hechos consumados., los excelentes planificadores de objetivos pequeños, los profetas de lo imposible, los hábiles especuladores, los clientes del subsidio perpetuo y los hombres de la influencia. Estos antihéroes contemporáneos nos llevan al descreimiento y al escepticismo y, sobre todo, a su consecuencia inevitable: la esterilidad.

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