Reconstruir la Nación

Por Héctor Daniel Massuh Para LA NACION

VIERNES 14 DE MARZO DE 2003

Vemos con cierta expectativa que se ha recuperado el nivel de actividad de muchos sectores industriales, al tiempo que se advierte una recomposición del sistema financiero, dentro del que se abre una saludable tendencia: la banca nacional -y fundamentalmente la regional- está recobrando importante participación. A ello se suma la liberación, más rápida de lo previsto, del corralito transaccional.

Existen otros motivos de aliento: el importante superávit comercial de 16.000 millones de dólares, la estabilidad cambiaria y de precios y la baja del gasto público consolidado en más de siete puntos del PBI, por lo que, luego de muchos años, se ha recuperado el superávit fiscal primario. Son algunos indicadores positivos que permiten albergar cierta esperanza.

Sin embargo, siete meses después, y luego de un proceso caracterizado por una profunda depresión, se inició 2002 con cesación internacional de pagos, huída de capitales, restricciones a las operaciones financieras, niveles inéditos de desocupación y subocupación y un dramático aumento de la pobreza y la marginación.

La pérdida del crédito internacional y la fuga de depósitos de los bancos se hicieron inevitables. Esa situación explosiva precipitó la salida de la convertibilidad, durante cuya vigencia las empresas y las familias habían acumulado deudas totalmente desproporcionadas con relación a su actividad, al valor real de los activos y, en general, a las restantes variables de la economía. De allí que determinadas decisiones de emergencia que sobrevinieron y que debieron tomarse en el contexto de la más grave crisis de los últimos cien años tuvieron por finalidad intentar restablecer equilibrios básicos en el sistema económico.

¿Pensar en dólares?

Es, pues, con un tipo de cambio alto, que aliente las inversiones genuinas, como se recreará la Argentina productiva. Así, la gente demandará pesos, y no dólares. Precisamente, esa larga historia de retraso cambiario dio lugar a un clásico: el de la Argentina financiera e importadora. Aquella a la que ingresaban créditos en dólares para aprovechar el diferencial entre la tasa doméstica y la internacional y que eran utilizados para consumir bienes importados y financiar la fuga de capitales.

Así, la escasa rentabilidad que derivaba del mismo retraso cambiario impidió que se realizaran inversiones significativas en las industrias de bienes transables, e hizo que tampoco se pudiera pagar con divisas de exportaciones el incremento de la deuda externa. Hay que decir entonces, de una vez y con todas las letras, que el retraso cambiario ha sido un cáncer para la Nación.

La ficción cambiaria generó un bienestar efímero, una apariencia de prosperidad en algunos sectores, sustentada en la hipoteca de un gigantesco endeudamiento externo, causa histórica de las recurrentes crisis y megadevaluaciones. También de la ruina de numerosas industrias, de la destrucción de las economías regionales y, por lo tanto, del crecimiento asombroso de la pobreza y la miseria. Porque la verdadera prosperidad no se construye con maquillajes cambiarios sino con trabajo e inversión productiva.

Todos estos años nos obligan a reflexionar si no habrá llegado la hora de evitar encandilarse con teorías económicas mágicas o extravagantes, y poner toda nuestra fe en proyectos fundacionales que entusiasmen y despierten la épica de las epopeyas nacionales: en la minería, en la agroindustria, en la energía, en la forestación, en el turismo y en una política de transporte que integre a todo el país.

Para ponerse en marcha

Se trata, en definitiva, de poner en movimiento equipos y fábricas subutilizadas y pensar en aliviar zonas congestionadas de los sectores urbanos, incentivando el traslado de mano de obra desocupada o subocupada.

Ante una situación similar, el presidente Roosevelt lanzó el proyecto de recuperación de tierras inundadas en el valle de Tennessee, lo que contribuyó en forma determinante para que Estados Unidos saliera de la Gran Depresión de los años 30. Despertó el potencial productivo de un extenso territorio y reactivó toda la economía por los recursos que movilizó, que abarcaban grandes obras de infraestructura, diques y lagos reguladores de las lluvias, construcción de viviendas y caminos, implantación de bosques y desarrollo del transporte.

¿Por qué no proponerse entonces, en la Argentina, la recuperación de seis millones de hectáreas de tierras de la pampa húmeda y la preservación de los centros urbanos azotados por las inundaciones? ¿Por qué no impulsar así el aumento espectacular de la producción agraria y ganadera, elevar sustancialmente nuestra capacidad exportadora de cereales y productos alimenticios y movilizar vastos sectores de nuestra industria? Hay que reconstruir lo que fue una gran nación, y para esto es preciso enamorarse de proyectos transformadores que movilicen grandes recursos humanos y de capital que -en la actualidad y en muchos casos- están absolutamente disponibles y pueden ser utilizados inmediatamente.

También parece haber llegado la hora de los consensos sobre cuestiones prácticas. No para elaborar en conjunto una política económica, sino para privilegiar una actitud de convivencia para la prosperidad.

Potencial de recuperación

La situación, en suma, nos exige reflexión, sacrificio y, sobre todo, grandeza de objetivos. Es una obligación que tenemos frente a las numerosas víctimas que, en el campo industrial, cobró este penoso proceso de más de 25 años. Porque muchos de los que sucumbieron jamás comprendieron que su fracaso no era producto de una gestión incompetente, sino consecuencia de políticas económicas equivocadas que hundieron al país.

Otros empresarios resistieron con la base de su coraje y obstinación. Lo hicieron ante la mirada irónica de ciertos economistas y pese a la lamentable indiferencia de no pocos políticos y funcionarios públicos. Sobrevivieron al huracán devastador del atraso cambiario, las altas tasas de interés y la apertura ingenua de la economía. En estos hombres, que atravesaron por casi todas las batallas, es en los que la Nación debe encontrar hoy un formidable potencial de recuperación económica.

El autor es presidente de la Unión Industrial Argentina.

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