Hacia un Banco Argentino de Desarrollo

“O seguimos cansados y empobrecidos, o nos ponemos de pie y defendemos lo que es nuestro (…) Tenemos que librar una lucha sin cuartel contra el atraso, el estancamiento, el desánimo y la desesperanza. Tenemos que extirpar hasta sus raíces la ignorancia, la miseria, la enfermedad y el miedo al futuro, tenemos que construir puentes, diques, caminos, oleoductos, usinas y fábricas sobre toda la República. Habrá que volcar tractores, equipos electrógenos, talleres y máquinas agrícolas sobre todos los campos. Tendremos que multiplicar los camiones, los vagones y las locomotoras. Las alas argentinas surcarán todos los cielos y la bandera de la patria flameará por todos los mares como una mensajera de progreso.”

Estas inspiradoras palabras de Arturo Frondizi me recordaron una conversación que mantuvo el Comité Ejecutivo de la Unión Industrial Argentina, dos meses antes de las elecciones, con el entonces candidato a presidente Néstor Kirchner. En esa reunión, él insistió en la necesidad de la planificación estratégica para el desarrollo (de hecho, se creó un ministerio en tal sentido) y en asegurar la disponibilidad de recursos por medio de una banca de desarrollo que permitiera financiar buena parte de los proyectos de inversión requeridos para la transformación de la Argentina.

Pensé, entonces, en la importancia de revisar nuestro pasado para rescatar experiencias valiosas, que datan de 60 años atrás y que, con el tiempo, fueron deformadas en su esencia. La Argentina tuvo un banco de desarrollo, que apoyó miles de proyectos de pequeñas, medianas y grandes empresas, en sectores como la petroquímica, la siderurgia, la celulosa y el papel, el cemento, la energía, la industria frigorífica y el aluminio.

Estos emprendimientos, muchos en el nivel de la industria básica, jamás se hubieran realizado de no existir un banco de desarrollo en ese período. Fueron financiados desde su origen, es decir, desde el desarrollo del proyecto hasta su puesta en marcha, canalizando, en muchos casos, los préstamos de organismos financieros internacionales.

Muchas de las críticas que se hicieron al Banco de Desarrollo fueron justas, porque su funcionamiento permitió en alguna etapa abusos y corrupción. Pero, como en tantas otras cosas en la Argentina, la forma no nos dejó ver el fondo y, en lugar de enfrentar y resolver los problemas que existían, la superficialidad de análisis ganó una vez más una batalla.

Se optó, de manera despreocupada y ante el silencio generalizado, por deshacerse de un instrumento vital para el desarrollo económico. Convalidar este error histórico sería como pretender abolir la medicina por mala praxis de algunos médicos o renegar de las instituciones democráticas, antes que corregirlas, o cerrar el Senado porque se produjeron sobornos.

Un claro contraste ofrece Brasil, donde la existencia y continuidad del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes) explica, en gran medida, el sólido crecimiento industrial. Fue fundado en 1952, con la convicción de que Brasil no podía depender sólo de los recursos extranjeros si quería avanzar en sus proyectos de renovar las autopistas, la electricidad y la infraestructura portuaria.

“Mi experiencia en la vida pública, ciertamente, ha fortalecido mi creencia en la importancia del papel que tienen el Estado y sus instituciones en sentar las reglas básicas para que funcionen los mecanismos de mercado”, escribió, en junio de 2002, el entonces presidente de Brasil, Fernando Enrique Cardoso, en ocasión del cincuentenario de ese banco de fomento.

Para Cardoso, el Estado debe mantener su prerrogativa de determinar reglas para las transacciones, creando incentivos para ciertas áreas, elevando vallas para otras y, en última instancia, determinando el territorio en el que funcionarán los agentes económicos. Sostiene que, si bien el mercado tiene un papel esencial por cumplir en la generación de riqueza e innovación, no provee ni puede proveer las respuestas a todas las preguntas y, mucho menos, redistribuir el ahorro nacional en función de la competencia y los intereses estratégicos del país.

Asombra la escala de financiación del Bndes, que está actualmente en el nivel del mismo Banco Mundial. Con un total de activos de US$ 38,6 mil millones al 31 de diciembre de 2002 y un presupuesto anual de desembolso que ronda los US$ 9,6 mil millones, es la principal agencia federal para financiación a largo plazo y pieza clave en todas las fases del desarrollo de Brasil, hoy con eje en la modernización de las industrias productivas, infraestructura, apoyo a las exportaciones, desarrollo social, pequeñas y medianas empresas y microemprendimientos. El banco financia a empresas privadas en todas las áreas, incluyendo las compañías extranjeras ubicadas en Brasil.

El fondeo del banco ha dependido en la última década de fuentes nacionales en un 80%. Los principales ingresos provienen de retornos de operaciones pasadas, fondos acumulados en los mercados de capital (de Brasil e internacionales) y de organizaciones financieras multilaterales; así como del Fondo de Asistencia para los Trabajadores (FAT), que es una fuente estable de recursos que provee la Constitución brasileña. Con esta estructura, no tiene que depender de fondos presupuestados por el Tesoro.

No existe en Brasil proyecto productivo que no haya sido financiado en alguna medida por el Bndes y de esto suelen dar testimonio permanente los ejecutivos de las grandes, pequeñas y medianas empresas brasileñas.

Nuestra gran nación, extensa, rica en recursos naturales y desbordante de oportunidades de progreso requiere de una energía similar a la que el Bndes proporciona al desarrollo de Brasil.

Me referiré en un próximo artículo a cómo, a mi juicio, debería constituirse, operar y financiarse un banco argentino de desarrollo en las condiciones actuales del país y del mundo. Pero de algo estoy absolutamente convencido: no hay desarrollo posible sin un banco de estas características, especializado en créditos a largo plazo y capital para las empresas. Si queremos aprovechar la coyuntura actual de nuestra realidad económica y las ventajas comparativas del momento, se hace imprescindible contar con una entidad financiera de ese tipo, para asegurar el crecimiento sostenido y permitir la expansión de la economía, en un proceso de desarrollo integral. Es decir, una institución dotada de recursos suficientes y administrada de forma autónoma, cuya acción se encuentre guiada por pautas específicas de funcionamiento.

La Argentina debe recuperar el funcionamiento pleno de muchas de sus instituciones: el banco argentino de desarrollo es una de ellas.


El autor es dirigente de la Unión Industrial Argentina

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